Nota. Escribí este texto para los vimis, las personas que trabajamos en Grupo Visual MS, y por eso os hablo de tú a tú. Cita otros textos internos del grupo, sobre todo Tambores de guerra (marzo de 2026), en el que avisé de que la IA venía directamente a por nuestros puestos de trabajo y de nuestros negocios, y de que íbamos a ser los primeros en cambiarlos.
Entro en la tienda. Voy a comprar champú y una maquinilla. Con los cascos puestos, hablo con mi agente: me pregunta cómo se titula el post y qué quiero contar, y entre los dos vamos puliendo cada párrafo. No he tocado una sola tecla.
Otro paseo. Este año os he contado unos cuantos. En marzo, en Tambores de guerra, empujaba el carrito de mi hija pequeña por el Parador de Baiona y pensaba en mis bisabuelos. En septiembre, en Tened fe, salí con los cascos mientras los agentes me traían las cuentas de la competencia y yo no conseguía quitarme de la cabeza a José Luis, que se jubilaba después de veintisiete años. Hoy el paseo me lleva más atrás: a un verano de los años ochenta, y a mi padre.
Odiaba la mecanografía, me fascinaba el MS-DOS
Tenía doce años y mi hermano David, diez. Yo ya iba de mala hostia: nos tocaba el verano en Orense, a pasar calor lejos de mis amigos de Madrid y de mi gente. Entonces llegó mi padre y nos dijo:
—Este verano vais a hacer mecanografía y MS-DOS.
Pensé: ¿y encima esto? ¿Qué coño voy a hacer yo este verano, si lo he aprobado todo, absolutamente todo? No entendía nada. No tenía ni idea de qué era la mecanografía, y menos aún el MS-DOS.
Mi padre tampoco. Y me lo dijo tal cual:
—Yo no entiendo de esto, pero el futuro va a ir por aquí.
En Tambores de guerra os conté que toda mi familia vivía de la mina, y que llevábamos décadas oyendo que «este año se acaba». Hoy lo veo con otros ojos: aquel verano cayó un tractor del cielo en mi casa. Mi padre no sabía de dónde había salido ni cómo se conducía. Pero nos subió encima.
Odié la mecanografía y me fascinó el MS-DOS. Lo que parecía un castigo se convirtió en una pasión. Mi hermano y yo empezamos a hacer cosas juntos, a discutirlas, a probarlas, y poco después acabamos programando una aventura gráfica, Soviet. Nos apasionaban las aventuras gráficas de los ochenta, de The Hobbit a La abadía del crimen.
No fue la última vez que algo que al principio odiaba acabó siendo lo que más quería. En la primera guerra, la de Atica, me tocó pasar diez años vendiendo a programadores, un negocio que no había elegido, y acabé queriendo Velneo con todo mi corazón. Pero la primera vez fue aquel verano.
Probablemente aquella decisión de mi padre, tomada sin saber nada del tema, es la razón de que hoy esté escribiendo esto y me dedique a lo que me dedico. Él no sabía si yo valía para aquello. Nadie lo sabía. Solo intuyó que era el futuro, y nos mandó.
No sé qué es esta profesión
Hoy estoy exactamente en el sitio de mi padre.
Este jueves comí con Ángela, con Nerea y con Rebeca, de administración. Con ellas empezó todo esto, y hoy un agente les manda cada lunes un correo con el trabajo que ha hecho. Hablando con ellas me di cuenta de algo que muchos tenemos en la cabeza: dudas. Es normal. Y les dije lo mismo que os digo ahora: no tengo ni idea de qué es esta profesión. No sé a qué nos vamos a dedicar.
En marzo escribí que esto podía tener el impacto del fuego, de la imprenta o de la escritura. Siete meses después sigo sin saber medirlo, ni siquiera si será mayor que los ordenadores o que Internet. Tampoco el nombre se queda quieto: primero era inteligencia artificial y ahora ya se habla de superinteligencia. No me da tiempo a seguir las etiquetas, ni los titulares, ni el fin del mundo que anuncian cada semana. Pero hay algo que no cambia: sé que va por aquí. De eso no tengo ninguna duda.
Hay dos escalas en esta historia. La pequeña es la de un niño que odia una clase de mecanografía un verano. La grande es un cambio de era que nadie sabe cómo acabará. Se parecen más de lo que creemos: en las dos hay alguien que, sin entender del todo, decide apuntarse.
Esto no es un curso de verano
Pero hay una diferencia, y no quiero esconderla: esto no es un curso de verano que te manda tu padre. Esto es tu trabajo. Entiendo el miedo, porque yo también lo he sentido. El primer día lo dije, y en Tambores de guerra lo escribí sin rodeos: «La IA va a acabar con todos los puestos de trabajo. El primero es el mío». Por eso tenemos que ser los primeros en hacerlo con nuestro propio trabajo, antes de que lo haga otro.
Por eso construí Vitela. Vitela contesta a los consejeros y a los CEOs sobre cualquier dato de la empresa. Antes, para responder, yo tenía que entrar en varias aplicaciones, entenderlas y cruzar la información. Ahora Vitela lo entiende antes que yo: contesta, pregunta y lleva el día a día. Y lo más sorprendente es que la gente discute con Vitela por correo. Ya no discuten conmigo si un dato está bien o mal, o de dónde sale: discuten con un agente. Me parece ciencia ficción, como ver volar un coche el otro día en la presentación de Tesla. Mi trabajo ha cambiado, y gracias a eso estoy aprendiendo más que en muchos años. Esa es mi apuesta: si algo va a cambiar mi trabajo, quiero ser yo quien lo cambie.
No he sido el único. El mismo día que publiqué Tambores de guerra, Jesús Arboleya publicó VelNews, o cómo empezar a cargarme mi puesto de trabajo. Seis meses después dirige Visual Inteligencia, la empresa del grupo que vende trabajo administrativo hecho por agentes, y firma sus correos como Chief Agents Officer. Bea Domínguez coordinaba personas en administración; hoy es analista de procesos de negocio con IA. Ninguno de los dos tenía manual ni a nadie en casa que lo hubiera hecho antes. Bea lo resumió mejor que nadie: «Estamos reconvirtiendo el trabajo de las personas en otro trabajo diferente».
Y quiero dejar algo claro: hay puestos abiertos en agéntica, como el de coordinador/a de agentes de IA en Visual Inteligencia. No es un discurso; es una oferta concreta. Qué se hace en ese puesto lo contamos en la historia de Visual Inteligencia, en qué es un servicio nativo de IA y en qué es un forward deployed engineer. Estamos planteando pruebas de tres o cuatro meses en las nuevas áreas, y si no te sientes cómodo, vuelves a tu puesto anterior. Lo escribimos en el Plan de Espadas y Escudos: las unidades nuevas no se construyen con perfiles nuevos, sino con gente de casa. José Antonio Vilán, por ejemplo, está ahora a media jornada haciendo un piloto de dos meses. Si se siente feliz y vemos que entiende y desarrolla la nueva profesión, seguirá por ahí. Y lo digo con honestidad: no es que sepamos cuál es esa profesión. La estamos construyendo juntos, y saldrá de Visual Inteligencia.
No puedo pedir que nadie tenga miedo al cambio que viene. Sí quiero que nadie lo afronte solo. En marzo nos pusimos un objetivo y sigue siendo el mismo: que dentro de tres años sigamos todos en el barco, siendo personas nuevas. Ni un marinero al agua.
Que nadie te diga lo que vales
Que nadie te diga lo que puedes y lo que no puedes hacer. Que nadie te diga si estás preparado para esta profesión o si eres el mejor perfil. La verdad es que nadie lo sabe. Ni yo, que ni siquiera sé qué es esta profesión. Mi padre tampoco me dijo si valía: me mandó a probar. Cada uno tiene que construir su propio camino y su propio producto.
Y hay algo que hace esta época distinta de todas las anteriores: con la IA, todo se puede validar rapidísimo. Tardas menos en probarlo que en discutirlo, y menos en discutirlo que en teorizarlo. Jesús lo dijo en septiembre, preparando la presentación a un cliente: «Olvidaos de los tiempos: aquí los tiempos son diferentes, no tienen nada que ver. Esto se prueba en horas». Así que no teorices si vales o no vales: pruébalo. Valida con la realidad, no con opiniones; ni siquiera con las mías. Y no hace falta dejarlo todo, porque, como dije en marzo, es más importante dedicarle un minuto al día que dedicarle ocho horas un sábado.
Haz lo que sientas que quieres hacer. Y si sale mal, en Visual siempre habrá marcha atrás.
Juntos
Si miro atrás, nunca he hecho nada solo. El primero fue David, mi hermano: nos preguntábamos, discutíamos, rompíamos cosas y las arreglábamos juntos. Con él empecé discutiendo cómo programar que la puerta de aquel juego pareciera abrirse; hoy discutimos cómo tienen que estar los agentes en Visual Trans. Tanto tiempo, tan diferente, y en el fondo todo igual. Después vino José Luis, el primero que se sumó a Visual en 1999, que tantas veces me miró con media sonrisa cuando le contaba una idea nueva: «¿Se te ha ido la cabeza?». Con él aprendí que un no con argumentos vale más que diez síes por quedar bien. Y así toda la vida.
Hoy me pasa lo mismo. Me apasiona discutir con Bea, con Jesús Arboleya, con Mario, con Marcos en Vidiv, con toda la gente que está aprendiendo esto de los agentes. Esos días de llamadas, de «va por aquí», «no, va por allá», en los que no paro de replantearme adónde irá esto, cómo será la profesión y cómo será mi trabajo. Esa incertidumbre es la misma que tenía aquel verano. La diferencia es que ahora la comparto. Y a veces el no con argumentos me lo da un agente.
Discutimos mientras construimos, no en vez de construir. Y cuando no estás solo, todo es más fácil.
La frase que me viene siempre que me siento inseguro, la que hemos usado en todas las crisis y en todos los grandes cambios de Visual, es la de Alan Kay: «La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo». En el primer Mano Alzada del COVID, la reunión con toda la empresa, la retorcimos: «La mejor forma de predecir el futuro es… mirar a Italia, Korea y Wuhan». Hoy le añado una palabra: juntos.
Se lo digo al agente mientras camino, y me corrige: no es la primera vez. En abril de 2024, en el post de los 25 años de Visual, ya escribí «No existe mejor forma de predecir el futuro que crearlo juntos». Fue en el apartado que abría una frase de Vilán: «Hacer software con gente a la que quiero». No me acordaba. Dos años y medio después, Vilán está probando la profesión nueva. A lo mejor la palabra ya estaba puesta.
Este post no lo he tecleado
Y ahora, la ironía. Este post lo he escrito entero hablando, con un agente que me pregunta, me contradice y me ayuda a depurar cada párrafo mientras camino. No he tecleado ni una letra.
Por primera vez en casi cuarenta años, desde que mi padre me mandó a aquella clase de mecanografía, no la he usado. Aquello que odiaba ha dejado de servirme. Y el MS-DOS que me fascinaba tampoco existe ya. Ninguna de las dos cosas ha sobrevivido.
Y sin embargo, fue lo mejor que me pudo pasar. Porque aquel verano no aprendí a teclear ni a escribir comandos. Aprendí a apuntarme a lo que viene sin saber adónde va, y a hacerlo con alguien al lado.
Algún verano me tocará a mí. Mi hija pequeña, la que se dormía en el carrito en Tambores de guerra, crecerá, y un día le diré algo parecido: «Yo no entiendo de esto, pero el futuro va a ir por aquí». Seguramente lo que le mande aprender ni siquiera existe todavía. Ojalá lo aprenda con alguien al lado.
Gracias, papá. Por no entender nada y mandarnos igualmente.
Nadie sabe cómo acaba esto. Yo tampoco. Pero sé que va por aquí.
Vamos a inventarlo juntos.